viernes, 11 de noviembre de 2016

El tema




¾¿Por qué elegiste “The Matrix” para hacer la tesis? ¿No te parece muy comercial?¾ Preguntó Alejandra.
¾Es comercial ¾dijo Patricia¾, pero no podés negar que el tema es interesante.
¾Sí, pero qué necesidad tenían de hacerla con tantos efectos especiales. Desde el cine independiente ¾decía Alejandra, acentuando independiente¾ se puede tratar el mismo tema sin tantas explosiones. Es más: sin explosiones.
¾Tenés razón ¾concedió Patricia¾, pero creo que lo que quisieron dar a entender los directores de la película es que esa realidad no es más que la de un videojuego, una trama que se repite. Y precisamente los disparos y explosiones, y todo lo fantástico que pasa en la película ¾enumeraba con una leve mueca que significaba en ella tener la razón¾ es para contrastar las diferentes realidades que forman parte de la misma irrealidad que es la matriz.
Se sintió superior al terminar así la frase. Y, aprovechando el silencio de su amiga, continuó, a manera de conclusión:
¾Por eso la elegí para la tesis. Lo que yo interpreto, es que la película (las tres partes) son como niveles de un videojuego diseñado en nuestra realidad, como los videojuegos que conocemos, pero mucho más complejo, donde los personajes nunca se dan cuenta de que sólo existen de esa manera, como personajes de una historia escrita de antemano, y por lo tanto inalterable.
¾Pero en la película pasan cosas imprevistas ¾soltó Alejandra, para ver si lograba refutar en algo la seguridad de Patricia.
¾No, eso es lo que creen los personajes ¾rebatió Patricia. Y se convencen entre sí gracias a una profecía. Excepto, claro, los dueños de la verdad: el arquitecto, que diseñó la matriz, y el oráculo, que se encarga de alimentar las esperanzas con esa profecía.  Lo que no se sabe es si deliberadamente ellos ocultan la verdad o si lo hacen mecánicamente, como un programa.
¾Y, supongo que si el oráculo y el arquitecto son personajes de un videojuego, como vos decís, es obvio que no pueden actuar deliberadamente ¾acertó Alejandra, jactanciosa.
Patricia se quedó callada, escuchando, como un eco mental, a Alejandra repitiendo que no pueden actuar deliberadamente.
¾Pero si es un juego ¾inquirió Alejandra, ya más curiosa, menos rival— ¿quiénes serían los jugadores?
— ¿Cómo? —dijo Patricia, que se había quedado pensando en lo anterior.
— ¿Quiénes son los jugadores?
¾Bueno... los creadores, los compradores. Como siempre.
¾Entonces cada repetición no podría ser idéntica a la anterior ni a la siguiente. Habría, sí o sí, pequeñas variaciones.
¾Sí, puede ser, pero serían insignificantes.
¾¿Qué loco, no?¾ Exclamó Alejandra. Imaginate que nosotras fuésemos parte de una matriz; esta charla podría ser la repetición numero mil, o la primera reproducción de ese programa.
¾¡No, sería aburridísimo un videojuego así! ¾Aseguró Patricia. —Debería tener más acción. Por eso es que en Matrix me parecen necesarias las escenas fantásticas, que a vos te parecen de más ¾dijo convencida y displicente.
¾¿Más acción querés? Parece que no has visto últimamente el noticiero. ¾Ironizó Alejandra.
¾Bueno: yo me refería a esta conversación en particular, no a todo el planeta ¾dijo Patricia, ofendida.
¾Pero incluso esta conversación es interesante, sin tener acción. Quizás sea inaceptable dentro de un videojuego, sin embargo, me parece digna de una novela o de un relato.
¾¿De un cuento no? ¾preguntó Patricia, como queriendo acortar la distancia que el resentimiento había incrustado entre las dos.
¾No, ha sido demasiado densa hasta ahora ¾sentenció Alejandra. Y agregó:
¾Los cuentos necesitan ser emocionantes, tienen que generarle tensión al lector.
¾Bueno ¾dijo Patricia, pensando que si la conversación no parecía tensa se debía a su esfuerzo¾, pero no todos los cuentos son tensos, algunos se centran en la intensidad del final ¾y al decirlo se vio agarrando a Alejandra de los pelos.
¾Entonces debería ocurrir algo intenso ¾dijo Alejandra.
Patricia no dijo nada.
¾Mirá si ahora cae un tipo y nos asalta.
¾No sería original ¾contestó secamente Patricia.
¾¿Y qué final pensás que podría ser original? ¾preguntó Alejandra, desafiante.
¾¿Qué hora es? ¾Preguntó con brusquedad Patricia.
¾Ocho menos cuarto ¾respondió la otra, con un tono semejante.
¾¡Ocho menos cuarto! ¡Y todavía tengo que pasar por la casa de Laura —Exclamó la de la tesis.






Digresión




Obsesionado con una palabra que ya no recuerdo, acudí a unos eruditos que solía frecuentar para pedirles el significado. Mientras me contestaban, una araucaria del paisaje me distrajo; también la ignoraba.
      En aquél lugar no tenían la respuesta, pero me supieron indicar dónde buscar y dar con ella. Fiel a las indicaciones, di con el sitio. Pregunté de nuevo, y nuevamente me distraje: el rostro de una mujer había desviado mi atención. Quise conocerla; me dijeron su nombre, y quién era. No podía dejar de contemplar sus rasgos mientras me informaban; debí hacerlo cuando recordé el motivo de mi visita. Me concedieron la respuesta. Como suele ocurrir frente a un descubrimiento, necesité de una repetición para aprehenderla.
     Satisfecho, iba a regresar. Pero no pude. La mujer, tan bella, tan sola, seguía allí, y me miraba, pero sin verme, y un poco lívida, sosteniendo una mirada que no supe juzgar; parecía inexpresiva, o que lo expresaba todo, hasta la fecha, su propia fecha, una flecha disparada con otra fecha vuelta arco, y que ahora se encontraba detenida a su lado, apuntándole, mientras ella seguía mirándome, sin saberlo, hasta que yo dejara de verla, y decidiera sepultarla, cerrando el diccionario. 
https://www.flickr.com/photos/opoloop/30927950245/in/dateposted-public/
https://youpic.com/image/9352236

miércoles, 12 de octubre de 2016

El poder del título

El tema de un texto literario, sugiere entre otras cosas, un título determinado. Para que ocurra, es aconsejable pensar ese título tras el final. Si se lo elije antes de comenzar nuestro escrito, durante el nudo, o incluso sobre el desenlace, el impacto del texto en sus lectores, nunca será el mismo como al titularlo cuando se lo acaba.
Un escritor elige el tema para un cuento y se dispone a redactarlo. Asesinato. Acto seguido, comienza a imaginar el móvil. Una venganza. Probablemente, en la raíz misma de la trama, lo tentaría la necesidad de colocarle un nombre. Si el escritor cede a este impulso, limitaría, prematuramente, el horizonte de su perspectiva.
Un tratamiento desde el género policial ya no cabría, si por entonces algunos títulos como La infiel son tentativas durante el proceso, porque una pista así (a menos que el autor busque desviar la atención del lector hacia algo meramente distractor, sólo para confundirlo y que después haya sorpresa) influiría con facilidad para que la trama se encuadre más bien dentro del drama. El héroe, así, bajo una crisis, indagaría, la interrogaría, la abandonaría, se vengaría, la castigaría.
La elección prematura del título no nos ha desviado del tema, que era la muerte, ni del conflicto, el crimen pasional, pero recién nos permitió expresarlos ya por la zona de los desenlaces, y ahora nos exige rematar nuestra historia con el crimen mismo o cerrarla justo antes. Pero ya no sería viable, al menos dentro del cuento, traspasar esos umbrales.
Si el título no hubiese condicionado fatalmente nuestro relato, podríamos haber partido desde el crimen pasional, aprovechándolo, solamente, como disparador. Luego, el nudo se podría haber alimentado de  una trama policial. Y por fin, el héroe de nuestro relato podría arrepentirse, o volver a cometer el crimen, con el oscuro fin de multiplicar la venganza, suicidarse, etcétera.
No cometeremos la imprudencia de afirmar que los desenlaces de este segundo conjunto son más conmovedores que los del primero. Simplemente hemos tratado de comprender el poder que tiene el título en una obra literaria. Ahora, sería lícito buscar un título para este texto.


Quid

Quid

     


Con rutina manipuló el despertador para que suene a las nueve. Tuvo cinco sueños.
Charla con amigas y su primo en un living. Su primo vuelve con una cerveza. El timbre resuena de manera extraña. Confundida, va  y agarra el picaporte pero no alcanza a abrir, se levanta y se marcha a la universidad.
(Las amigas y su primo no se conocen; ella y la casa parece que tampoco. Piensa que ese sueño le ofrece la satisfacción de algunas necesidades: charlar con sus amigas, con su primo, promover la conquista romántica de alguna. Hay otra necesidad que, por ser ambigua, se presenta incierta: desconoce la casa, supone que ni siquiera existe, tal vez la habitó en una vida pasada, o es la casa de sus sueños. Lo cierto, al menos, es la necesidad de estar justo en esa casa.)
De camino a la parada de colectivo pasa al lado de un baldío y se angustia tanto y sin razón aparente que se siente como alguien que se ha perdido.
En el colectivo recuerda un sueño. Va en bicicleta sobre la Avenida Principal, un perro emerge entre los autos estacionados para intimidarla, lo esquiva y la rueda se mete en un bache y cae, Julieta la divisa, llega hasta su asiento y la despierta, el colectivo va casi repleto. En la clase de Matemática se sumerge en otro sueño. Sentada al fondo del aula, van entrando sus compañeros. El silencio de la vieja de geografía entra al último, llega al escritorio, se sienta y desde allá la mira. Los murmullos y las voces de los chicos pasan a ser alboroto; la profesora se levanta, viene directo hacia ella, y la mira como si estuviese indignada,¡Hable!, le dice gritando, enseguida aparece en su cara la planilla de asistencias. Anota todo bien menos su número de registro.
En el comedor, en la cola hacia la caja, se vuelve a quedar dormida. Sentada bajo un gran árbol, su cabeza sobre el hombro de un chico, manos enlazadas, contemplan un atardecer, "avanzá", dice Julieta.
Salen de la universidad. El colectivo va sospechosamente despacio, entra en la avenida, ahora acelera, acelera demasiado, los semáforos y las paradas pasan de largo, fuera de él todo se torna fugaz. Ella mira sin ver, de manera imposible el colectivo se detiene sin inercia. Mira por su ventanilla, ahí está de nuevo la casa del sueño, sí, es la misma, sale un hombre de ahí, y viene hacia ella, se ha frenado al borde del cordón de la vereda; la mira, le sonríe, balbucea. Ella se esfuerza por entenderle, no puede, lo ignora. Echa un vistazo a los demás pasajeros. De reojo ve que la sigue mirando sin dejar de sonreír. Da unos golpecitos de puño en su ventana y cuando ella lo mira, él señala la casa y le grita "¡Se te va a enfriar la comida!".