miércoles, 12 de octubre de 2016

Quid

Quid

     


Con rutina manipuló el despertador para que suene a las nueve. Tuvo cinco sueños.
Charla con amigas y su primo en un living. Su primo vuelve con una cerveza. El timbre resuena de manera extraña. Confundida, va  y agarra el picaporte pero no alcanza a abrir, se levanta y se marcha a la universidad.
(Las amigas y su primo no se conocen; ella y la casa parece que tampoco. Piensa que ese sueño le ofrece la satisfacción de algunas necesidades: charlar con sus amigas, con su primo, promover la conquista romántica de alguna. Hay otra necesidad que, por ser ambigua, se presenta incierta: desconoce la casa, supone que ni siquiera existe, tal vez la habitó en una vida pasada, o es la casa de sus sueños. Lo cierto, al menos, es la necesidad de estar justo en esa casa.)
De camino a la parada de colectivo pasa al lado de un baldío y se angustia tanto y sin razón aparente que se siente como alguien que se ha perdido.
En el colectivo recuerda un sueño. Va en bicicleta sobre la Avenida Principal, un perro emerge entre los autos estacionados para intimidarla, lo esquiva y la rueda se mete en un bache y cae, Julieta la divisa, llega hasta su asiento y la despierta, el colectivo va casi repleto. En la clase de Matemática se sumerge en otro sueño. Sentada al fondo del aula, van entrando sus compañeros. El silencio de la vieja de geografía entra al último, llega al escritorio, se sienta y desde allá la mira. Los murmullos y las voces de los chicos pasan a ser alboroto; la profesora se levanta, viene directo hacia ella, y la mira como si estuviese indignada,¡Hable!, le dice gritando, enseguida aparece en su cara la planilla de asistencias. Anota todo bien menos su número de registro.
En el comedor, en la cola hacia la caja, se vuelve a quedar dormida. Sentada bajo un gran árbol, su cabeza sobre el hombro de un chico, manos enlazadas, contemplan un atardecer, "avanzá", dice Julieta.
Salen de la universidad. El colectivo va sospechosamente despacio, entra en la avenida, ahora acelera, acelera demasiado, los semáforos y las paradas pasan de largo, fuera de él todo se torna fugaz. Ella mira sin ver, de manera imposible el colectivo se detiene sin inercia. Mira por su ventanilla, ahí está de nuevo la casa del sueño, sí, es la misma, sale un hombre de ahí, y viene hacia ella, se ha frenado al borde del cordón de la vereda; la mira, le sonríe, balbucea. Ella se esfuerza por entenderle, no puede, lo ignora. Echa un vistazo a los demás pasajeros. De reojo ve que la sigue mirando sin dejar de sonreír. Da unos golpecitos de puño en su ventana y cuando ella lo mira, él señala la casa y le grita "¡Se te va a enfriar la comida!".

 Sale de la universidad. Toma el colectivo. Se baja. El camino se ha acortado, y su casa ocupa ahora el terreno baldío que la había angustiado. Atribuye todo a una gran distracción mientras busca las llaves. Entra.
El ambiente se deja entrever bajo una luz mortecina. Avanza, siente un déjà vu, que se prolonga tan indefinido como insoportable, llega al living, más luminoso, ve los sillones, la mesa ratona, la lámpara de pie, los cuadros surrealistas, la alfombra con motivos precolombinos, eso y el resto de la sala están mezclados con eso que siente, que ya no es un déjà vu, porque también hay fantasmas, están Alejandra, Santiago, Celeste, Fernando, Julieta, su primo, Guillermo, y ella, un poco más joven, el resto también, y vertiginosamente, una asfixiante congoja la gobierna, con envases de cerveza en las manos, llenos, vacíos, recolectados y Guillermo manejando, metiendo con ansiedad los cambios, ella profieriendo advertencias, la frenada, y el impacto. Se levantó, pasó junto a un terreno baldío, y se angustió como el que advierte que se ha perdido.