miércoles, 12 de octubre de 2016

Paradigmas




Mi primera infancia fue la etapa más dura para los tres: la excesiva atención que exigía a mis padres era superada por mi naciente curiosidad.
Una de las fatigosas cuestiones tuvo lugar cuando pregunté qué son las nubes. Mi madre formuló ágilmente una respuesta, pero enseguida debió reemplazarla: yo no podía concebir la idea de vapor.
Más precaria fue la enseñanza cuando, interrogada acerca del sol, mamá no supo hablarme del fuego, y se limitó, no sin pesar, a decirme que el astro era como una bola gigante de agua caliente, que flota muy alto, en el cielo.
Cierto día le pregunté a mi padre qué eran los colores. Impotente y compadecido a la vez, primero trató de hacerme comprender que no podía explicármelos, y luego, sintiéndose miserable, me enseñó que son siete, sus nombres, que sumados resultan en blanco y que su ausencia da lugar a lo negro, lo único que lamentablemente yo podía...
En la segunda infancia aprendí a dibujar: conocí el cuadrado y el círculo con un dado y una moneda.
Escuchando música clásica lograba rememorar con nitidez los recuerdos más olvidados. Una tarde fue Mozart y la voz de papá hablándome de los colores (meses antes había comenzado a empecinarme, contra toda lógica, en revertir mi situación. Consciente de mi carencia, mi meta consistió en imaginar). Su voz regresaba para recordarme que lo único que podía y podría ver era lo negro, la oscuridad, y por primera vez pensé en lo contrario: ¿por qué no podía estar cegado por lo blanco, la luz? La respuesta no importaba. Enseguida la olvidé para acercarme a otros puntos, donde los recuerdos —las voces— se encontraban flotando, desarticulados, y comencé a darles la forma que les correspondía, entonces los colores eran siete, y juntos daban el blanco, y ¿cómo será el blanco, y cada uno de ellos?, porque me habían confesado que el pasto era verde, la madera, marrón como la tierra, rojo el fuego, el fuego, ese elemento que tanto había ansiado conocer y que sabiendo creyendo que era peligroso, permití que me quemara, ¿y el agua, que me habían dicho que no tenía color pero que tampoco era negra? (El tiempo me obligó a aceptar la idea de transparente.)
Lo único que realmente me importaba era abrigar eso, que apenas intuía, cuando escuchaba a los demás hablar de las cosas, y de sus colores, y si eran de éste u otro tono, mientras yo no alcanzaba a comprender que entre los colores hubiera todavía lugar para los tonos. Entonces la música me acercó a otro de los Recuerdos: mis padres enseñándome a dibujar, ayudado por los Moldes, el dado que pertenecía al juego de mesa que nunca pude jugar, y la moneda, ese metal que habrá perdido su bajo relieve de mano en mano, o que estará conservándose bajo el poder de algún numismático, objetos que para mí para mi tacto ya no existen, pero que seguirán simbolizándome al cuadrado y al círculo, y pensé, que de imaginar siquiera una línea, una tenue línea que rompiera la sombra de mi monotonía mental, una línea del color que fuere, hubiese sabido imaginar los primeros cuadrados y los primeros círculos, para después seguir con las demás formas geométricas, y entonces, sólo así, dar el paso preciso para poder abstraer, al menos en dos dimensiones, todo lo que se sometiera a mi tacto, siempre que no fuesen cosas volátiles ni líquidas, y así ver mi único hogar, con sus peligrosas y agradables geometrías, la guitarra, mi rostro, los rostros de mis padres, su rostro: tomar fotografías con las manos y revelarlas en el cuarto oscuro de mi mente.

La esperanza no me abandonó. Me abandonó el Tiempo, y con él la Sombra, y yo, adivinando lo que acontecía, asistí extático a todo lo que fuera y dentro de mí aún se cierne.