viernes, 11 de noviembre de 2016
miércoles, 12 de octubre de 2016
El poder del título
El tema de un texto
literario, sugiere entre otras cosas, un título determinado. Para que ocurra,
es aconsejable pensar ese título tras el final. Si se lo elije antes de
comenzar nuestro escrito, durante el nudo, o incluso sobre el desenlace, el
impacto del texto en sus lectores, nunca será el mismo como al titularlo cuando
se lo acaba.
Un escritor elige el
tema para un cuento y se dispone a redactarlo. Asesinato. Acto seguido,
comienza a imaginar el móvil. Una venganza. Probablemente, en la raíz misma de
la trama, lo tentaría la necesidad de colocarle un nombre. Si el escritor cede
a este impulso, limitaría, prematuramente, el horizonte de su perspectiva.
Un tratamiento desde
el género policial ya no cabría, si por entonces algunos títulos como La
infiel son tentativas durante el proceso, porque una pista así (a menos que
el autor busque desviar la atención del lector hacia algo meramente distractor,
sólo para confundirlo y que después haya sorpresa) influiría con facilidad para
que la trama se encuadre más bien dentro del drama. El héroe, así, bajo una
crisis, indagaría, la interrogaría, la abandonaría, se vengaría, la castigaría.
La elección prematura
del título no nos ha desviado del tema, que era la muerte, ni del conflicto, el
crimen pasional, pero recién nos permitió expresarlos ya por la zona de los
desenlaces, y ahora nos exige rematar nuestra historia con el crimen mismo o
cerrarla justo antes. Pero ya no sería viable, al menos dentro del cuento,
traspasar esos umbrales.
Si el título no
hubiese condicionado fatalmente nuestro relato, podríamos haber partido desde
el crimen pasional, aprovechándolo, solamente, como disparador. Luego, el nudo
se podría haber alimentado de una trama
policial. Y por fin, el héroe de nuestro relato podría arrepentirse, o volver a
cometer el crimen, con el oscuro fin de multiplicar la venganza, suicidarse,
etcétera.
No cometeremos la
imprudencia de afirmar que los desenlaces de este segundo conjunto son más
conmovedores que los del primero. Simplemente hemos tratado de comprender el
poder que tiene el título en una obra literaria. Ahora, sería lícito buscar un
título para este texto.
Quid
Quid
Con rutina manipuló
el despertador para que suene a las nueve. Tuvo cinco sueños.
Charla con amigas y
su primo en un living. Su primo vuelve con una cerveza. El timbre resuena de
manera extraña. Confundida, va y agarra
el picaporte pero no alcanza a abrir, se levanta y se marcha a la universidad.
(Las amigas y su
primo no se conocen; ella y la casa parece que tampoco. Piensa que ese sueño le
ofrece la satisfacción de algunas necesidades: charlar con sus amigas, con su
primo, promover la conquista romántica de alguna. Hay otra necesidad que, por
ser ambigua, se presenta incierta: desconoce la casa, supone que ni siquiera
existe, tal vez la habitó en una vida pasada, o es la casa de sus sueños. Lo
cierto, al menos, es la necesidad de estar justo en esa casa.)
De camino a la parada
de colectivo pasa al lado de un baldío y se angustia tanto y sin razón aparente
que se siente como alguien que se ha perdido.
En el colectivo
recuerda un sueño. Va en bicicleta sobre la Avenida Principal, un perro emerge
entre los autos estacionados para intimidarla, lo esquiva y la rueda se mete en
un bache y cae, Julieta la divisa, llega hasta su asiento y la despierta, el
colectivo va casi repleto. En la clase de Matemática se sumerge en otro sueño.
Sentada al fondo del aula, van entrando sus compañeros. El silencio de la vieja
de geografía entra al último, llega al escritorio, se sienta y desde allá la
mira. Los murmullos y las voces de los chicos pasan a ser alboroto; la
profesora se levanta, viene directo hacia ella, y la mira como si estuviese
indignada,¡Hable!, le dice gritando, enseguida aparece en su cara la planilla
de asistencias. Anota todo bien menos su número de registro.
En el comedor, en la
cola hacia la caja, se vuelve a quedar dormida. Sentada bajo un gran árbol, su
cabeza sobre el hombro de un chico, manos enlazadas, contemplan un atardecer,
"avanzá", dice Julieta.
Salen de la
universidad. El colectivo va sospechosamente despacio, entra en la avenida,
ahora acelera, acelera demasiado, los semáforos y las paradas pasan de largo,
fuera de él todo se torna fugaz. Ella mira sin ver, de manera imposible el
colectivo se detiene sin inercia. Mira por su ventanilla, ahí está de nuevo la
casa del sueño, sí, es la misma, sale un hombre de ahí, y viene hacia ella, se
ha frenado al borde del cordón de la vereda; la mira, le sonríe, balbucea. Ella
se esfuerza por entenderle, no puede, lo ignora. Echa un vistazo a los demás
pasajeros. De reojo ve que la sigue mirando sin dejar de sonreír. Da unos
golpecitos de puño en su ventana y cuando ella lo mira, él señala la casa y le
grita "¡Se te va a enfriar la comida!".
Paradigmas
Mi
primera infancia fue la etapa más dura para los tres: la excesiva atención que exigía
a mis padres era superada por mi naciente curiosidad.
Una de
las fatigosas cuestiones tuvo lugar cuando pregunté qué son las nubes. Mi madre
formuló ágilmente una respuesta, pero enseguida debió reemplazarla: yo no podía
concebir la idea de vapor.
Más
precaria fue la enseñanza cuando, interrogada acerca del sol, mamá no supo
hablarme del fuego, y se limitó, no sin pesar, a decirme que el astro era como
una bola gigante de agua caliente, que
flota muy alto, en el cielo.
Cierto
día le pregunté a mi padre qué eran los colores. Impotente y compadecido a la
vez, primero trató de hacerme comprender que no podía explicármelos, y luego,
sintiéndose miserable, me enseñó que son siete, sus nombres, que sumados
resultan en blanco y que su ausencia da lugar a lo negro, lo único que
lamentablemente yo podía...
En la
segunda infancia aprendí a dibujar: conocí el cuadrado y el círculo con un dado
y una moneda.
Escuchando
música clásica lograba rememorar con nitidez los recuerdos más olvidados. Una tarde fue Mozart y la voz
de papá hablándome de los colores (meses antes había comenzado a empecinarme,
contra toda lógica, en revertir mi situación. Consciente de mi carencia, mi meta
consistió en imaginar). Su voz regresaba para recordarme que lo único que podía
y podría ver era lo negro, la
oscuridad, y por primera vez pensé en lo contrario: ¿por qué no podía estar
cegado por lo blanco, la luz? La respuesta no importaba. Enseguida la olvidé
para acercarme a otros puntos, donde los recuerdos —las voces— se encontraban flotando,
desarticulados, y comencé a darles la forma que les correspondía, entonces los
colores eran siete, y juntos daban el blanco, y ¿cómo será el blanco, y cada
uno de ellos?, porque me habían confesado que el pasto era verde, la madera,
marrón como la tierra, rojo el fuego, el fuego, ese elemento que tanto había
ansiado conocer y que sabiendo —creyendo— que era peligroso, permití que me quemara, ¿y el agua, que
me habían dicho que no tenía color pero que tampoco era negra? (El tiempo me
obligó a aceptar la idea de transparente.)
Lo único
que realmente me importaba era abrigar eso, que apenas intuía, cuando escuchaba
a los demás hablar de las cosas, y de sus colores, y si eran de éste u otro
tono, mientras yo no alcanzaba a comprender que entre los colores hubiera todavía
lugar para los tonos. Entonces la música me acercó —a— otro de los Recuerdos: mis padres
enseñándome a dibujar, ayudado por los Moldes, el dado que pertenecía al juego
de mesa que nunca pude jugar, y la moneda, ese metal que habrá perdido su bajo
relieve de mano en mano, o que estará conservándose bajo el poder de algún
numismático, objetos que para mí —para mi tacto— ya no existen, pero que seguirán simbolizándome al cuadrado
y al círculo, y pensé, que de imaginar siquiera una línea, una tenue línea que
rompiera la sombra de mi monotonía mental, una línea del color que fuere,
hubiese sabido imaginar los primeros cuadrados y los primeros círculos, para
después seguir con las demás formas geométricas, y entonces, sólo así, dar el
paso preciso para poder abstraer, al menos en dos dimensiones, todo lo que se
sometiera a mi tacto, siempre que no fuesen cosas volátiles ni líquidas, y así
ver mi único hogar, con sus peligrosas y agradables geometrías, la guitarra, mi
rostro, los rostros de mis padres, su rostro: tomar fotografías con las manos y
revelarlas en el cuarto oscuro de mi mente.
La
esperanza no me abandonó. Me abandonó el Tiempo, y con él la Sombra, y yo,
adivinando lo que acontecía, asistí extático a todo lo que fuera y dentro de mí
aún se cierne.
martes, 11 de octubre de 2016
Espíritus del aire
Ha terminado de ver una película, el miedo lo está ganando. En vano cambia
de canales para no pensar: todas las escenas feas emergen de su memoria. Le
duele la vejiga, y no bajará de la cama: una mano siniestra puede atrapar su tobillo. No menos insensato sería
apagar el televisor: el velador está desenchufado, el enchufe en el piso, la
llave de la luz, inalcanzable.
El sueño lo seduce. La penumbra se transforma en vértigo. El control
remoto descansa bajo su mano.
Despierta sobresaltado, quizá una pesadilla, y el encuentro con la
oscuridad le desagrada. Rígido, se pregunta si se ha ido la luz, pero un
pensamiento le responde: apagado
automático. Como la realidad no se muestra, con una mano tantea sobre la
mesa de noche, evitando la prisa del miedo para no voltear nada. La mano salta sobre
la frazada, la otra emerge de las cobijas y se suma en la búsqueda. Vuelven a
internarse en esa oscuridad más negra entre la sábana y el colchón, y
subrepticias rozan la desnudez de su cuerpo con los escalofríos que traen de
afuera.
Es inútil; el control está en el piso, remoto, y en el piso la siniestra
mano. Aprieta los párpados, simula dormir.
Apareció en el bosque de
robles, yaciendo en un claro. Se puso
de pie, caminó, el sol, los pájaros. Enseguida refrescó, los
pájaros callaron, la neblina. Siguió caminando. La niebla, el murmullo lejano.
Siguió. Fue alcanzado, rodeado.
Luego de minutos o de horas ha dejado de simular. Ahora se encuentra en
un bosque de robles, yaciendo en un claro. Se pone de pie y camina; el sol y el
múltiple trinar de pájaros le infunden cierta paz. La temperatura ha bajado
bruscamente y los pájaros enmudecido, el aire es denso y asfixiante. Sigue
caminando. El follaje, pálido, lo inquieta. El suelo ha desaparecido y un débil
murmullo llega desde lejos. Se detiene para poder escuchar mejor. Oye risas
infantiles. Se aproximan. Se siente acompañado, pero algo lo inquieta, aparte
del ambiente nebuloso. Algo en el tono de las risas, que se acerca y que
transforma lo infantil en otra cosa. Ya están muy cerca, a pocos metros...ahora
que oye risas perversas. Corre entre los árboles grises. Lo persiguen. El
terreno lo hace tropezar. Se acercan. El terreno lo ha vuelto a tropezar y cae
de bruces. Se levanta resuelto a seguir corriendo, pero ya lo han alcanzado, lo
han rodeado. Aunque no pueda verlos siente que las risas giran a su alrededor. Paralizado,
un frío en la espalda lo doblega.
II
Apareció acostado, las risas decrecientes.
Se puso de pie. Escudriñó el follaje en derredor y caviló. El bosque fue
desapareciendo hasta que desapareció. Sucedido esto, las risas crecientes y
¿cómo defenderse?, ¿hacia dónde escapar, hacia lo gris, lo gris, lo gris o lo
gris? Petrificado, las risas lo encontraron. Se supo encerrado en el
estrepitoso corro. La resignación cerró sus párpados. Insufribles momentos
después la niebla comenzó a disiparse.
La película
no es de terror; el sueño lo visita antes de su fin; la pesadilla no falta.
III
Otra vez el bosque, los elfos y la
inevitable derrota, pero con una variación. Antes de morir imaginó una espada entre
sus manos, y raudamente actuó, se escuchó un grito y se extinguió una risotada,
enseguida lo derribaron.
IV
Apenas vio los robles imaginó la espada, y la espada se forjó entre sus
manos. Azorado, se acercó al árbol más próximo y enseguida le asestó un golpe,
y luego otro. Fascinado, caminó en dirección a las risas que ya comenzaban a
oírse. Extrañamente no iban a su encuentro, ni la niebla lo sumía. Se detuvo un
instante a pensar, a esperarlos acaso. Sabía que tarde o temprano sería atormentado, así que decidió
seguirlos. Corrió un poco. Cuando los juzgó cerca siguió caminando. Escuchó
cómo la inocencia de las risas degeneraba en atroces risotadas.
Otra vez el bosque, los pájaros y el sol; pero nada es agradable. La
neblina lo paraliza. Las risas se escuchan. La desesperación lo acomete. Corre.
Escuchó también un grito de pavor, propio de un niño.
De golpe la niebla le interpone un cuerpo de pie. Contiene el susto
para no ser advertido y desvía la fuga.
Advirtió su tamaño, era un niño, le gritó que regresara, que tenía una
espada.
Piensa que es una trampa y no se detiene.
Lo persiguió hasta
que la niebla fue total y los árboles amenazas. Aprovechó entonces para
sujetarlo y decirle que lo protegería, que se pegara a sus espaldas y que no
corriera por nada.
Han sido alcanzados y rodeados. Convencido, se sujeta de su ropa por
detrás.
Comenzó a agitar la espada y a girar con igual vértigo.
Sin despegársele lo acompaña en su giro.
Las risotadas, más estridentes, se burlan.
Sólo piensa en dos cosas: acabar con ellos o despertar de una vez.
Sólo desea despertar.
Se siente exhausto pero no se rinde. Si tan sólo pudiera ver algo que
no fuese gris intentaría algo: detenerse para que se acerque alguno y destrozarlo.
Sigue cortando el aire y el aire continua asfixiándolo, las risas.
Ya no puede más, y opta por lo insensato. Se detiene un instante, y
revive la maniobra. La espada ha lacerado, pero al tiempo que otras armas
descargaron su rigor. Caen. En el suelo se confunden el terror y la agonía.
De pronto, reverbera un inaudito ruido. Las risas se congelan. El ruido
cesa, hay un ínfimo silencio y el sordo derrumbarse de un árbol. Los elfos, sin
demora, se abalanzan sobre el ruido. La niebla comienza a morir.
Al borde del llanto, en posición fetal, se despierta. La claridad que
salva las celosías lo anima. Procurando silencio, corre hasta la cómoda, abre
cajones, saca un toallón y ropa interior.
La puerta de la habitación se abre y deja entrar a alguien de blanco.
El uniformado indaga su rostro y adivina el temor. Se acerca y lo destapa, se
fija en su pijama, esboza un rictus de
reproche.
El vago recuerdo de las risas lo acompaña, a través del largo pasillo.
Las risas van con ellos, a través del largo y tétrico pasillo.
Amo
Si uno en vez de,
sentir que necesita decir te amo para amar,
se limitara a sentirlo,
expresarlo con el corazón y nada más,
no esperaría a veces respuesta,
que encima se espera que también sea verbal,
y que a veces incomoda,
por sentir la obligación de responder igual,
como si el verdadero amor no fuese incondicional.
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